Darwin y la teoría de la evolución
Expansión / Charles Darwin hizo de los seres vivos el objeto de su obra científica y, como aquéllos, llegó a conclusiones que lo enfrentaron a la Iglesia y al pensamiento tradicional.

Si las investigaciones de Copérnico, Galileo y Newton sentaron las bases científicas que permitieron desacralizar el universo, demostrando que la Tierra no se encuentra en su centro y que los astros se mueven obedeciendo determinadas leyes físicas que responden a principios matemáticos, Charles Darwin hizo de los seres vivos el objeto de su obra científica y, como aquéllos, llegó a conclusiones que lo enfrentaron a la Iglesia y al pensamiento tradicional.

El proceso de desarrollo de sus ideas fue, como en la mayoría de los grandes descubrimientos científicos, lentos y laboriosos. Y tuvo su origen en las investigaciones que Darwin empezó a llevar a cabo cuando era muy joven tras comprobar que la medicina, la profesión de su padre, no era lo suyo, de lo que se convenció tras asistir a un par de operaciones en el hospital de Edimburgo. Empezó entonces a estudiar historia natural en Cambridge y en el año 1831, cuando contaba 22 años, le surgió la gran oportunidad de su vida al ser invitado a participar como científico en la expedición naval del Beagle, que tenía como principal objetivo cartografiar las costas de Sudamérica. El viaje, que iba a durar dos años, se prolongó hasta cinco; y fue clave para su posterior obra científica, ya que le permitió recoger todo tipo de materiales y realizar numerosas observaciones que servirían de base a su teoría de la evolución.

En 1859 sistematizó sus descubrimientos en una de las obras cumbres de la literatura científica de todos los tiempos, El origen de las especies, en la que defendió la tesis de que todas las especies tienen un origen común y se han ido desarrollando y diferenciando mediante un proceso de selección natural. La teoría, que le permitía dar explicación a muchos de los fenómenos que había observado en sus viajes y sus experimentos, se había visto reforzada años antes por la lectura del libro de Malthus Ensayo sobre el principio de la población que, en sus propias palabras, "le permitió apreciar la lucha por la existencia que se da en todas partes, en la que las variaciones favorables tenderían a ser preservadas, mientras las desfavorables serían destruidas". Y es importante señalar que sus teorías, que aplicó al estudio de multitud de casos concretos, son un modelo de rigor científico, ya que planteó hipótesis contrastables, que los hechos permitían rechazar o confirmar.

Como era de esperar, estas ideas, y sobre todo su aplicación a la especie humana, no fueron bien recibidas por quienes interpretaban en términos literales la historia de la creación narrada en la Biblia. Muchos consideraron su obra como un ataque directo a las enseñanzas del Génesis. Es conocida la anécdota, probablemente apócrifa, de la esposa de un obispo anglicano, quien, cuando su marido le explicó la teoría de la evolución de las especies y la tesis de que el hombre no había sido creado por Dios a su imagen y semejanza, sino que descendía de otros animales y había alcanzado su actual situación de dominio del mundo a través de un complejo proceso evolutivo, comentó: "¡Oh, querido! Espero que esto no sea cierto; pero si lo fuera, deberíamos procurar que la gente no se enterara". No hay que remontarse, sin embargo, al siglo XIX para encontrar actitudes radicales contrarias al evolucionismo. En algunos países, incluso en naciones de alto nivel económico y cultural como los Estados Unidos, el creacionismo sigue sorprendentemente vivo. Está claro que no a todos les convencen las ideas contrarias a sus creencias, aunque sean plenamente científicas.

Francisco Cabrillo es catedrático de Economía en la Universidad Complutense de Madrid. Think Tank Civismo.

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