COLOMBIA: Malecón
El Universal / Las hermosuras teóricas que nos vendieron entre 1986 y 1991 sobre la democracia local, y que instalaron en la Constitución de este último año de gracia los refundadores de la patria, nos trajeron en la práctica sorpresas que redefinieron la política, ya no como el arte de gobernar, sino como el arte de desfalcar, pues los departamentos, los distritos y los municipios entraron al festín de la vida pública autonómica con malandrines a la cabeza e inversionistas al pie.

Cartagena fue víctima eminente de esa horrorosa mutación. En la banca electoral que floreció aquí hubo zoológico y etnia que hipotecaron decisiones oficiales merecedoras de aseguramiento carcelario y suspensiones provisionales que ya son, tristemente, pan de cada período en el Palacio de la Aduana, no propiamente porque nuestros alcaldes fueran conscientes de que el rango les exigía rigor en los resultados y distancia de los dislates morales del clientelismo parroquial.

Por su situación de ciudad privilegiada, Cartagena requiere alcaldes con más calidades que requisitos, y con atributos para convencer a la opinión pública, a lo largo de sus campañas, que tienen capacidad de gestión, ética y escrúpulos que sustituyan al dinero como dialéctica colectora de votos. Entre nosotros abundan las mujeres y los hombres con ese perfil y se precisa estimularlos para que se lancen al ruedo de las probabilidades.

Los partidos, los parlamentarios, los gremios, las agrupaciones comunitarias, los trabajadores, los estudiantes y todo el que sienta a Cartagena como suya, pueden ponerse de acuerdo para elegir un alcalde con la ciudad en la cabeza y el corazón y no en los bolsillos, o en la codicia insaciable de un usurero electoral. Eso es posible con voluntad política, porque nadie duda de que la base del gobierno es una silla de mando y no un catre de penitenciaría.

Como se avizora una renuncia por las angustias judiciales y disciplinarias del alcalde titular, pensemos en la ciudad, sus problemas sociales y económicos, sus indicadores de pobreza, sus fallas en educación y salud, la inseguridad que crece en determinadas zonas, sus perspectivas de mayor desarrollo turístico, lo que representa como patrimonio de la humanidad y cono activo histórico de Colombia, ante la inminencia de escoger un sucesor. Liberemos a la ciudad de los personalismos con una dosis de grandeza que la estabilice institucionalmente.

Nos urge, cartageneros y residentes, un alcalde que celebre con nosotros realizaciones en educación, infraestructura, servicios básicos, ordenamiento territorial, empleo, movilidad, medioambiente, seguridad, continuidad y vigilancia administrativas, y que no tenga vecindades desdorosas con los códigos Penal y Disciplinario por el uso decente de la función pública.

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Con Información de El Universal

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