BOLIVIA:
Los Tiempos / Hay quienes ven en los bloqueos el vaso medio lleno. Uno es el historiador James Dunkerley. En alguno de sus l√ļcidos ensayos sobre Bolivia afirma que el bloqueo es una muestra de no querer llegar al extremo, al exterminio cainita, a la bala. Para Dunkerley, el bloqueo devela que los disconformes no quieren que la sangre llegue al r√≠o. Para ponerlo en una frase, en la guerra civil espa√Īola nadie se content√≥ con bloquear.

Pero sólo ver el vaso medio lleno es como un premio consuelo. Si un buen trozo del país anda insatisfecho, bloqueando por razones explicables, lunáticas o muy terrenales, significa que el "pacto constituyente" es cuento chino.

De haber un orden nuevo, los bloqueos ser√≠an marginales. Y es que parte de la poblaci√≥n vive a√ļn desencantada o, por lo menos, torpedeando el inter√©s general (que no es el suyo), si conviene.

Est√° tambi√©n ah√≠, claro, la tradici√≥n nacional de montoneros alzados. Porque el orden es aqu√≠ palabra sospechosa, tab√ļ.

Nadie aboga de frente la supresión de los bloqueos ni, más difícil, imagina cómo los suprimirían. El Estado no tiene fuerza ni legitimidad para imponerse. Y los que lo manejan andan ocupados en su supervivencia (política y personal). Su caída podría ser la paga de un bloqueo mal despejado o batido a la fuerza.

Empero, en toda sociedad el orden -labor impopular- tiene un responsable legítimo. En Bolivia, no. Confiamos en nuestra infinita capacidad de arreglos y contubernios. En la colonia se llamaba "gobierno por consenso". Los funcionarios reclamaban que había que negociar con todos, sin fin, hasta la senda que se abría con aparente provecho general.

El orden, en su mitad de consenso (o de aguante) y en su porci√≥n de coerci√≥n, es pues el n√ļcleo de un genuino pacto constituyente. Pero nadie se anima a tratarlo. Se intuye que el equilibrio fr√°gil es mejor que cualquier estallido incontenible. No hay un programa pol√≠tico que afronte este nudo gordiano sin eufemismos o t√≥picos, como el de la bondad intr√≠nseca de la calle. Y si nadie aborda ese nudo, nadie ha de cortarlo.

El fin de los bloqueos es pues ut√≥pico. Al grado que ni un gobierno mayoritario como el que alg√ļn d√≠a fue √©ste, ha podido instalar una convicci√≥n que los desaliente. Al contrario, ha acabado usando la prebenda, no las convicciones, para cimentar su inseguro dominio.

Quiz√° es mucho pedir que alguien construya el inter√©s general a partir de pedazos de inter√©s particular, corporativo, de cada clan o tribu que conforma el pa√≠s. Clanes -arriba y abajo- duchos tambi√©n en la ganancia de bombardear el bien com√ļn o amenazar con atracarlo. Todo gobierno les paga protection money para asegurar la paz endeble que no lo tumbe.

Suena cínico, pero -puestos a elegir- quién sabe estamos mejor nomás entre la prebenda y la precariedad, que en manos de un termocéfalo para el que sólo se trate de aplicar mano fuerte. Y sin embargo, no por eso un orden sin bloqueos, cuya violación sea la excepción, es menos imperioso.

Los programas políticos pueden prometer "vivir bien", la venida de Cristo o la jauja perpetua, pero al eludir las rocas para ocuparse de los guijarros prueban que hemos abandonado las tareas primarias a que el tiempo y la Divina Providencia las resuelvan. Y hasta ahora, no han podido.

En el papel, claro, todo está resuelto. Está escrito el "vivir bien", por ejemplo. Cuéntenles a los que viven en Copacabana, bloqueados estos días. A ver qué dicen.

 

 El autor es abogado.

BOLIVIA: "No bloquear los bloqueos"

Con Información de Los Tiempos

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