URUGUAY: Punta del Este, argentina y masiva
El País / Entre papayas y maracuyás, el tipo se sirve una medialuna. Corresponde, nunca hubo frutas en el desayuno del argentino. Lleva una remera deportiva que declara -vocea- "Miami"; y como no se aguanta llegar hasta la mesa, ya mastica, el tipo, mientras cruza el salón comedor de este hotel cinco estrellas con balcones que se curvan frente al mar y habitaciones base doble a 400 dólares la noche. Tiene 50 años y vive en Lanús, primer cordón sur del empobrecido anillo que rodea a Buenos Aires, territorio histórico del peronismo de base ahora gobernado por el compuesto liberal del Pro y Cambiemos. Se llama Walter, prefiere que su apellido no se publique y es dueño de una flota de colectivos de línea interurbana. Se pasó una vida veraneando en Mar del Plata y ahora está acá, con esposa e hijo. Dice que le llegó la hora de vivir mejor, que está fascinado con esta, su primera vez en el enero de Punta del Este.

Primero fue el auspicio de un dato, una expectación. Finalmente, quedó corroborado por el anuncio oficial: hay un 20% más de argentinos en esta ciudad, es decir: por cada 10 que llegaron el año pasado, ahora llegaron 12. Pero resulta que en la napa de cualquier registro estadístico siempre, invariablemente, hay una trama cultural que lo produce. La pregunta, entonces, sería: ¿Quiénes son esos dos argentinos recién arribados?

Para los sectores medios argentinos en general, y para los de Buenos Aires en particular, Punta del Este siempre fue el gran balneario de la aspiración de clase, y a la vez la forma más efectiva para desmarcarse de Mar del Plata, ese nudo crucial del imaginario veraniego argentino, la ciudad donde el peronismo restaurador levantó los hoteles sindicales para que la familia del empleado gastronómico, la del metalúrgico, la del encargado de edificios metiera también las patas en la mar. Su popularización refractó a un cuerpo de veraneantes porteños con poder adquisitivo tradicionalmente antiperonistas que no llegan a ser clases altas pero que en general han estado atentos a llevar un cocodrilo en el corazón de la chomba. Sus constituciones los trajeron a Punta. Y la formidable industria turística del Uruguay siempre supo que recibirlos bien era asegurar una producción de divisas. Uruguay finalmente es eso, una inteligencia para el uso de la escala, el ejercicio de una sobrevida rodeada desde siempre por dos monstruos con kilómetros cuadrados sobrantes.

Walter y su hijo Gianluca, de Lanús. A los 50 años, por fin conoce el enero esteño. Foto: Darwin Borrelli Lo escuché tantas veces que se hizo axioma. En los asados en Montevideo, en casas de amigos uruguayos, en la casualidad de un cumple siempre hay alguien afirmando que Punta del Este no es Uruguay, que es un territorio aparte, un desprendimiento involuntario, el no lugar de un país. La verificación de esta conjetura se apoya en la naturaleza de una circunstancia: entre el 20 de diciembre y el 15 de enero, Uruguay "entrega" Punta a los argentinos como un dueño de Airbnb entrega su casa para irse por unos días a lo de un primo y así completar un negocio. Personas dueñas y personas inquilinas, países dueños y países inquilinos. El verano es el gran win-win del Río de la Plata.

No hay ciudad relevante del mundo sin una calle, una avenida, una arteria que, de algún modo, condense el enunciado inherente de su identidad. Buenos Aires tiene su calle Corrientes; Montevideo, su 18 de Julio; Nueva York, su Quinta Avenida. En Punta del Este esta traza significante del damero central se llama Juan Gorlero. La Gorlero , para el que la camina en cada temporada.

Sentadito ahí afuera, esperando que su novia termine de ver pareos, casi llegando a la esquina de Las Gaviotas, Santiago Nardelli espera detrás de unos persistentes anteojos de sol con la camiseta del Racing Club argentino ajustándole el cuerpo macizo. Hay un rictus que los anteojos no consiguen ocultar, una mueca a mitad de camino entre una sonrisa que toca el freno y un asombro que tiene ganas de dispararse, algo de su sistema nervioso ha sido puesto en juego esta tarde en Gorlero. Santiago tiene 31 años, vive en Reconquista, interior de Santa Fe, que es el interior de Argentina. Es empleado en un galpón de materiales, uno de esos tinglados donde se consigue cal, arena y cemento en bolsa. Se vino una semana, la primera semana de su vida acá en Punta del Este. Dice que todos los meses guardó un puchito, le dice así, "puchito" y es imposible no ver cómo viaja, a caballo del diminutivo, la parábola de su esfuerzo. Dice, también, que un día el puchito se volvió todo un ahorro.

Dos mujeres caminan por Gorlero frente a un local con canastos de ofertas. Foto: D. Borrelli -¿Qué esperabas encontrar cuando llegaras a Punta? ¿Y con qué te encontraste finalmente?

-Nosotros tenemos el prejuicio de que Punta es cheta. Y el uruguayo tiene el prejuicio de que el argentino es soberbio, agrandado. Ninguna de las dos cosas es tan cierta.

-Por ahí el uruguayo le dice argentino al porteño.

-Ta bien, pero yo soy de Reconquista, la tierra de Gabriel Batistuta. Y soy tan argentino como cualquiera. Además…

(Se queda Santiago, como si una autodefensa del pudor le hubiera frenado la charla. Se queda y regula. Por un momento, la piensa. Después se manda).

-Yo tengo padre y madre jubilados. Vivo solo, me pago mi alquiler. Laburé como un perro todo el año. Fui metiendo la plata que pude en una cuenta para llegar a Punta y pagar todo con débito. ¿Soberbio de qué puedo ser yo?

Mardelplatización, podríamos pensar. O decir. Y que cada uno haga lo que tenga que hacer con esa novedad.

El puente de La Barra debería estar en el centro de cualquier texto que examine Punta del Este porque está en el centro de la geografía que busca ordenarla. Es un justo medio, ese puente; un fiel, un balancín, 150 metros de estricto pavimento geopolítico ondulando sobre el arroyo Maldonado. Hasta el puente León Viera (que así se llama oficialmente), y al otro lado de él, dos Puntas del Este se diferencian. Y en La Barra, que ese tramo representa, el argentino promedio historiza su propia experiencia del mar del Este, a veces, pagando 700 pesos dos caipiroskas en un chiringuito en las arenas de Montoya.

Ese chiringuito lo atiende Mae, 25 años, francesa, toda su familia mudada a Punta del Este desde París para vivir acá en la tranquilidad de la postemporada y trabajar a lo bestia en este enero estallado. Dice Mae que al principio se sorprendió, que lo vio clarito, que el año pasado fue la primera vez que lo vio y que ahora nuevamente: una familia bajando de un taxi argentino. Dice que los reconoce porque son negros con techo amarillo. Que vio varios. Que estacionan donde pueden y baja desde su interior una familia entera. El tachero de Buenos Aires dueño de su auto descubriendo el Este y los ojos clarísimos de una joven francesa para descubrirlo a él.

Outlet. La consonancia íntima de la voz inglesa outlet , su compostura semántica, no refiere tanto a lo barato sino más bien a lo que ha sido abaratado, lo que tuvo un precio y se depreció, lo que tuvo un valor y fue rebajado. Outlet describe un trayecto, una elipsis descendente y en la vida hispanoparlante de todos nosotros tiene una configuración precisa, es el inglés dejando de ser inglés porque ya no necesita la traducción: outlet funciona sobre cualquier mercadería en oferta como funciona low cost sobre el pasaje de una aerolínea. Todos entendemos inmediatamente de qué se trata porque el que entiende es el bolsillo, el órgano más veloz de la comprensión humana. Son las siete y media de la tarde del jueves 11 de enero y en la esquina de la ruta 39 y la Perimetral está inaugurándose este oxímoron bautizado Outlet del Este, el primer centro outlet en la historia comercial de Punta del Este.

El director del emprendimiento es Héctor Liberman, 40 años viviendo en Maldonado, exitoso ambientador de interiores y cara habitual del diseño uruguayo. Liberman camina sobre un sendero de piedritas y le responde a cada micrófono que lo cruza mientras las marcas, todavía con la mercadería dentro de las cajas, se van acomodando en los locales recién arrendados.

-¿Por qué un outlet en Punta?

-Porque hacía falta.

-¿Y de qué está hecha, exactamente, esa necesidad?

-El consumidor necesita facilidades.

-¿El de Punta también?

-Cualquier consumidor del mundo.

-¿No te cruzaste con la crítica de estar abaratando Punta?

-No, y si entendiera que lo estoy haciendo, me retiro inmediatamente. Yo amo esta ciudad, es mi lugar en el mundo y la elijo todos los días de mi vida.

-Hay un 20% más de turistas este año. Mi impresión es que se tata de clases medias trabajadoras, empleados, un público distinto.

-Estoy de acuerdo. El mote de exclusividad de Punta del Este es solo eso, un mote. Acá podés comer por 500 dólares o por 40.

-¿Esto significa un ensanchamiento en la base turística argentina?

-Absolutamente, y eso es muy bueno. El argentino es inspirador, un bon vivant que trae alegría, ruido, consumo, a veces incluso por encima de sus posibilidades.

-¿Hacia dónde va esta ciudad?

-Hacia el crecimiento. Fijate que Maldonado tiene unos 230 mil habitantes, pero la proyección de crecimiento para 2025 es del doble.

-¿Qué rol juega el argentino en esta proyección?

-Uno importantísimo, porque como acabás de decir, cada vez vienen más y muchos de los que vienen hacen de Punta del Este su casa, su hogar.

-¿Por qué se quedan?

-Porque Punta es mágica.

-¿Se va poniendo más amigable?

-Sí, más ancha, más inclusiva. Te diría que Punta del Este se va poniendo socialista.

Masivos. El vector de reagrupamiento tiene una dirección Este, hacia José Ignacio, donde ha quedado afincado el núcleo duro del veraneante histórico, lo que eventualmente podría ser llamado "la clase alta" si no fuera porque esa nomenclatura supone riesgos de precisión que confunde linaje con poder adquisitivo. En rigor, el escaparate de este sector, su vidriera más urgente, ha sido capturada por un sistema de celebridades originado en la televisión abierta cuya potencia descomunal para traficar personajes y narrativas ha fabricado una nueva realeza, en este caso plebeya, de melamina, corte símil, cuyo eje más resonante es el que va de Susana Giménez a Marcelo Tinelli, con Carolina Pampita Ardohain como último gran fichaje societario.

El evento, organizado por un banco para sus clientes exclusivos, ocurre en la terraza de un hotel frente a un atardecer que parece oportunamente bien escrito. En las mesas hay cortes de ahumados y sobre las bandejas se sirve ceviche en shots de vidrio. Hay espumantes y tragos aperitivos en tres barras lo suficientemente alejadas una de la otra como para cubrir todo el espacio. Hay famosos del fútbol, de la política, de los negocios.

En una charla sobre la explanada del estacionamiento, con su inconfundible sintaxis peninsular, Cristiano Ratazzi, titular de Fiat, reacciona frente al cuco del turismo interclase: "Hay que hacer atención de que lo masivo puede destruir lo bueno. Hay que hacer, en eso, enorme atención".

-¿No imagina usted una Punta del Este siendo visitada por una clase media-media, trabajadora?

-Es derecho de todos viajar, pero masivamente invadir un lugar que después hacés bajar la calidad, sería una lástima. Las playas acá no son tantas y ya están llenas.

-¿Qué cree que representa Punta del Este para el argentino?

-Llegar hasta Punta del Este todavía es un privilegio.

El turismo es una de las grandes industrias de la modernidad y merece la misma exégesis de parte de las ciencias sociales que merece cualquier otra actividad humana. Dice Ratazzi que Argentina y Uruguay compartieron esplendor y decadencia, y que pocas cosas hermanan tanto como el mutuo ascenso y la mutua caída. Tal vez allí sí acierte. La historia como ciencia es, antes que nada, un ordenamiento y quizá deberíamos comenzar por historizar estas nuevas dinámicas del ocio. Finalmente, la historia del verano y las vacaciones es la historia de sus balnearios emblema y la de quienes los habitan.

Con Macri, Punta ya no está "mal" Cristina Fernández de Kirchner, durante los años en que fue presidenta, solía ordenarles a sus ministros y a otros altos funcionarios con exposición en los medios que evitaran decir dónde veraneaban, especialmente cuando lo hacían en la costa uruguaya. Entre las muchas cosas que cambiaron con el viraje del signo de gobierno argentino, también cayó este mandato. Es que a Mauricio Macri y a Punta del Este los une una antigua relación, un vínculo de orden familiar. Son, digamos, la ciudad y el hombre, dos viejos conocidos.

Para 1997, el gobierno liberal del Carlos Menem empezaba a dar muestras de agotamiento y Franco Macri, padre del actual presidente, ya era entonces un hombre de negocios estelar en la constelación del empresariado argentino. Su romance con la conductora de televisión Flavia Palmiero fue comentadísimo en aquél enero y de esa relación quedó una foto peculiar de ambos entre los ladrillos a la vista de Terrazas de Manantiales.

Hoy, el hombre fuerte del gobierno, para algunos ya presidenciable, el Jefe de Gabinete Marcos Peña, es tapa de la revista Noticias, así, en shorcitos veraniegos, mientras camina por las playas uruguayas. Esto ocurrió hace apenas una pocas semanas. Y Elisa Carrió, espada parlamentaria de la gestión macrista, sigue siendo una empedernida veraneante esteña, como lo ha sido siempre.

Se trata de presencias físicas pero también, y acaso más que nada, simbólicas. Porque los procesos políticos son, también, procesos culturales. De alguna manera, en la nueva etapa política argentina, y reconfigurado el relato público de la gestión anterior que se presentaba como nacional y popular, ahora Punta del Este dejó de estar "mal". Tal vez sean solo validaciones del marketing electoral de cara al cuerpo de votantes, pero finalmente son las que organizan la identidad de un proyecto de gobierno. Dime qué piensas de Punta del Este y te diré a qué gobierno perteneces.

URUGUAY: Punta del Este, argentina y masiva

Con Información de El País

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