A huevazo limpio en pleno corso
El País / Compartir esta noticia SEGUIR CARLOS CIPRIANI LÓPEZ Introduzca el texto aquí En 1830 ya se denunciaban abusos festivos. Foto: archivo El País Pasó otro Carnaval por La Pedrera, un balneario que fue paraíso escondido durante décadas y hace unos años se volvió punto de atracción masivo debido a una fiesta autoconvocada que en este 2018 movilizó un operativo policial inusitado, a fin de evitar invasiones a la propiedad privada, robos, excesos dionisíacos y venta de sustancias prohibidas por primera vez, como la espuma en spray.

Solo este producto obligó al decomiso de unos 1.600 tarritos, pero las advertencias y fiscalizaciones no pudieron impedir del todo su comercialización ni su uso en un escenario en donde cualquier veraneante puede encarnar a un arlequín o a un pierrot, a Gargantúa o a su hijo Pantagruel, y a la vez constituirse en espectador de lo que sucede en su entorno, en una celebración que no deja fuera lo grotesco ni hasta lo escatológico, y por eso lleva a que algunos residentes cerquen sus casas con alambres de púa, por lo menos durante 24 horas.

En verdad, la lista de prohibiciones impuestas a los carnavaleros es extensa y extendida en el tiempo. Antes de que existiera Uruguay, en 1818, cuando la Banda Oriental estaba bajo dominio lusitano, los invasores prohibieron en Carnaval "arrojar huevos de avestruz, de gallina y de otras aves grandes, ni otra cosa que pueda molestar al público". Sin embargo, este juego recién desapareció en el siglo XX y fue sustituido por el lanzamiento de bombitas de agua. En la república constituida, en 1830, por ejemplo, se promovieron denuncias públicas a través de la prensa a propósito del abusivo empleo de contundentes "huevos quebrados" o en mal estado.

Los huevos pasaron poco después a rellenarse con agua de colonia, fueron retobados con trapos y protegidos con cera coloreada. Ante eso, el 8 de febrero de 1831, un edicto policial prohibía en Montevideo que se jugara con huevos en las calles, ni por las azoteas, puertas y ventanas, ni en el Coliseo si había funciones teatrales. Quienes contravinieran la disposición eran arrestados durante los días de Carnaval y los que vendieran los huevos sufrirían "la pérdida de ellos".

A pesar de tal rigor, en 1840 se multiplicaron los cantones o vanguardias familiares, organizadas para combates de huevos de gallina, avestruz o gaviota, un divertimento que "civilizaba" otros más bien medievales, cuando los útiles no eran ni más ni menos que gatos.

En 1852, firmada la Paz de Octubre del 51 que puso fin a la Guerra Grande, un edicto del Jefe Político Miguel Solsona volvió a prohibir los huevos, así como arrojar aguas inmundas, galopar por las calles, encender cohetes o disparar armas de fuego. Aun cuando los más gentiles empezaron a volcarse hacia los confites y las cajitas de dulces y flores, diez años después, en 1862, se lanzaron al mercado gigantescas pistolas que, gracias a un resorte, impulsaban huevos con la potencia de un cañón de circo al disparar por los aires al hombre-bala. El periódico La Tribunita informaba el 6 de marzo de 1867 que "el juego de agua por toneladas y de huevazos y proyectiles de todo género" fue superior al del año anterior.

Foto: CDEF Lanzaperfumes. Más adelante llegaría el reinado de los pomos, primero importados de Inglaterra, hacia 1881. Su uso estaba liberado de trabas legales, aunque a la vez era aprobado su decomiso en caso de que contuvieran líquidos nocivos.

En 1883 terminó prohibiéndose expresamente el uso de los pomos cuya longitud superase los 15 centímetros, límite que fue bajado a 10 en 1892. En esta fecha, además, la autorización para el porte de esos artefactos, aunque de menor tamaño, se restringió a las horas del corso y a las calles por éste atravesadas. Tampoco por entonces se permitía mojar a las máscaras, militares y clérigos.

En las primeras décadas del siglo XX, aquellos pomos dieron paso a los lanzaperfumes. En 1935 se publicitaba la venta de tubos de vidrio con sifón para el uso de éter, así como la de pomos de estaño, con perfumes aromáticos y la garantía de la "estampilla de ley". Había lanzaperfumes de 40, 70 y 100 gramos, que, por docena, costaban desde $ 6.48 hasta $ 12. Los pomos para agua eran de mayor dimensión, hasta de 200 gramos, pero más baratos. En una línea muy refinada, se promocionaban los pomos con forma de reloj, niquelados, de 5 centímetros de diámetro, a $ 4.80 la docena. Para defenderse de este arsenal de Momo, en 1937 ya estaban impuestos los lentes de mica importados, que costaban por docena $ 8.40 los de espesor grueso y $ 3.50 las más simples antiparras. Para jugar con agua, se ofrecían asimismo las pistolas automáticas Daisy; las de tres tiros, con alcance de cinco metros, valían $3.60 y $ 6.50 las de seis tiros, con alcance de siete metros.

En 1943, cuando los marqueses dejaron lugar en sus tronos a las reinas del Carnaval, por decreto del Poder Ejecutivo se prohibió el porte de lanzaperfumes, estableciéndose multas de $ 25 para los usuarios y de $100 para fabricantes y vendedores. Diez años más adelante, la Policía de Montevideo repitió alertas y reprimió el uso de pomos y otros objetos, como ser: pelotitas, bastoncitos, colas de zorro o bombitas atómicas. Nunca fueron incluidas en las normas prohibitivas, por supuesto, las leves serpentinas o espirales, que salieron a la venta en 1894, haciendo furor, como en carnavales de París y Niza, en donde llegaron a perfeccionarse al extremo de poseer en la punta una rosa, un clavel, una dalia o un jazmín.

Foto: Fernando Ponzetto Festejos. Cuando el Carnaval fue dejando por el camino festejos que implicaban guerras de huevos podridos, de avestruz, gaviota o gallina, y pasaron a prohibirse los pomos con sustancias que irritaban la vista, en los corsos de 1920 y 30 se veía a la gente con porte de espectadores de una función teatral, los hombres iban de traje y corbata como a todas partes, incluido el Estadio Centenario. Un carnaval otra vez más "liberador" y polémico como el de La Pedrera de este 2018 permite el repaso de viejas celebraciones al paso de Momo.

Batalla de las flores, confetis y los pijamas. Desde las 20:00 horas, esta noche se cumplirá el corso del barrio Malvín, por la calle Orinoco, desde Missouri hasta 18 de Diciembre. Es uno de los desfiles históricos de Montevideo, y al igual que los de Ciudad Vieja, Colón, Parque Rodó y el de Pocitos ha dejado numerosos testimonios para recomponer los carnavales de antaño y la instauración paulatina de hábitos festivos más "pulidos" que en el siglo anterior.

Un siglo atrás, como documentó la revista Anales Mundanos en 1917, "en la noche del 14 de febrero en la Rambla de los Pocitos se celebró el Corso de las Flores. En algunos kioscos de la Rambla, un núcleo de distinguidas niñas vendían flores y confetis. Diez, quince filas de concurrencia se extendían por toda la amplitud de la Rambla notándose la presencia de familias conocidas".

En el año1932, en Pocitos llegó a registrarse un desfile por jornada. La apertura se hacía con batalla de flores. Al día siguiente se organizaba el Corso de los Pijamas, dotado de premios para quienes llevasen trajes de playa artísticos u originales. Y en el resto de la semana seguía un desfile de disfraces infantiles, el corso de las piñatas, el de los globos y el de las sortijas.

Vigilancia policial en Centenario de Uruguay. En 1930, año del centenario de la Jura de la Constitución de Uruguay, los corsos de Colón ya tenían su fama por la abundancia de máscaras y carros que salían con estilo por las avenidas de Villa Colón, para contagiar la alegría y el bochinche.

En las páginas de la prensa local se registró y comentó aquellas celebraciones, cuando el barrio tenía su propio Marqués de las Cabriolas y se jactaba de la organización ejemplar.

"Filas interminables de carruajes, profusión infinita de hermosísimos adornos, repetido girar de serpentinas y multicolor lluvia de papelitos. Flores que cruzaban el aire, de los coches a los palcos, de éstos a aquellos. Y un espectáculo idéntico en las sillas, las aceras y las calles; con vigilancia policial excelente; con cultura inquebrantable por doquier, y por sobre todo ello, con una animación sin límites y un dechado de belleza no esperado".

"Montevideo íntegro, comprendiendo lo que es Colón en Carnaval, volcándose a sus fiestas."

A huevazo limpio en pleno corso

Con Información de El País

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