BOLIVIA:
Los Tiempos / Y también era un irrefrenable galán. En su peregrinaje de guerrero siempre se tocaba con alguna beldad. Ya no se casó nunca, pero igual que las batallas para vencerlas le acompañaban las mujeres para disfrutar del amor. No era físicamente agraciado; a los 32 años era un hombre "óseo y pálido, con patillas y bigotes ásperos de mulato, y el cabello largo hasta los hombros"; pero así y todo, un conquistador irresistible, como el Don Juan de la leyenda. Atraía a las mujeres con ingeniosos requiebros y actuaba con gran sentido de oportunidad.

De la novela biográfica que García Márquez escribió con el título ==================El general en su laberinto================== (1989), –"un libro tierno, crudo y polémico"– el mismo autor escogió como preferido el capítulo donde narra la noche en que una mujer le salvó de morir apuñalado en la hamaca. Para el general una cita de amor era ineludible: "con todo lo que apreciaba su vida y su causa, cualquier cosa le parecía menos tentadora que el enigma de una mujer hermosa".

Conoció a Miranda Lindsay durante un almuerzo en Kingston. Estaba inmerso entonces en otros planes y ensueños; pero pocos días después recibió de ella un insólito mensaje con instrucciones precisas para reunirse –tras una travesía nocturna a caballo– en el fondo de una ermita abandonada. "Había amenaza de lluvia con relámpagos y truenos remotos en el mar". A esa hora, en ese escenario desolado no cabía sino un episodio idílico. Pero Miranda esquivó varias veces: "Todo será a su tiempo". El general sólo consiguió besarla discretamente. Casi amanecieron en ese lugar. Al regresar a su albergue vio que en la hamaca donde habitualmente descansaba, yacía muerto su amigo Félix Amestoy. Entonces comprendió la actitud de Miranda. Como ya no pudo comunicarse, en muestra de suprema gratitud le envió el relicario de su madre, con un mensaje hermético que decía: "Estoy condenado a un destino de teatro".

Quince años después, en Santa Marta, cerca de la media noche, una dama lo estaba esperando en la sala de visitas. Por toda presentación ella puso a la vista del general el relicario. "Miranda Lindsay", dijo. "Soy yo, dijo ella, aunque ya no la misma… Vengo a suplicarle un favor…" Eran los postreros días de su vida; es allí donde exclamó con angustia: "Carajos, ¡cómo voy a salir de este laberinto!". Todo lo que le rodeaba era ajeno; nadie lo esperaba en ninguna parte. La muerte le ayudó a salir. El calendario marcaba 17 de diciembre de 1830.

 

El autor es escritor

BOLIVIA: "Una mujer le salvó la vida"

Con Información de Los Tiempos

www.entornointeligente.com

Síguenos en Twitter @entornoi

También te puede interesar